Durante años la comunidad internacional ha sufrido con la certeza de que la pesadilla nuclear en el extremo de Asia era perfectamente identificable y acotable: un paranoico Kim Jong Il y su adicción a los experimentos para obtener la bomba. Como en el 11-S, en este nuevo desafío global a la seguridad que se presenta en Fukushima, no en forma de atentado sino de accidente, la imaginación ha vuelto a fracasar.
