Siete meses después de la tragedia de Fukushima en Japón se siguen registrando víctimas mortales en la zona de exclusión de la central nuclear. Pero no fallecen por culpa de la radiación que impedirá durante décadas vivir en la zona. Mueren por inanición. Porque miles de animales que antes vivían con sus dueños han quedado abandonadas dentro del radio de exclusión de 20 kilómetros establecido en torno a la central, que mantiene en vilo al país desde que un terremoto y el posterior tsunami provocaron su colapso.
